Origen de Morelia parte 2

Cuando en abril de 1540 un grupo de españoles entre quienes se contaban algunos que se habrían sentido afectado por el licenciado Vasco de Quiroga, en ocasión de su estancia en Michoacán en 1533 como visitados, en su carácter de oidor de la segunda audiencia escribió al rey Carlos I solicitándole su anuencia para trasladar la ciudad de Michoacán al Valle de Guayangareo desde su sede patzcuarense, a donde la había llevado Don Vasco, ya Obispo, en 1538, seguramente que tenían bien visto y explorado el terreno que desde finales de la década anterior había acogido a dos pioneros de su poblamiento hispano: primero, en 1529, a Bernaldino de Albornoz, quien se asentó en la rinconada sureste del valle, al año siguiente a quien aquél cedió por ventas sus derechos, el sevillano Gonzalo Gómez, el cual levanto en pocos años un pequeño emporio agropecuario con el que pudo sostener una holgada supervivencia.

Por otra parte, el Virrey Antonio de Mendoza también sentido con Quiroga, ya para entonces Obispo que en 1539 que había estado en Michoacán y sido huésped en la estancia de Don Gonzalo, había reconocido en esa ocasión el valle mencionado, formándose de él un alto concepto en cuanto a los recursos con que contaba, necesarios para la fundación de una ciudad de españoles, que podría llegar a ser, ¿por qué no?, eventualmente capital de provincia y sede episcopal, es decir, la legítima ciudad de Michoacán, aunque a ello se opusiera el prelado que se le había adelantado con el asentamiento de la sede en Pátzcuaro, de ahí el agravio, iniciativa para la que estaban facultados ambos por mandato regio para actuar en concierto.

No es difícil asumir que desde esos años finales de la década, virrey y colonos españoles pudieron haber tenido la convicción en primerísimo lugar, de la posibilidad de abastecer con agua a la potencial población Guayangarense, mediante una conducción que hiciera llegar el liquido, fluyendo por gravedad, desde una adecuada captación. Hombres prácticos todos ellos, más de alguno pudo tener los conocimientos y aptitudes para “correr una nivelación” como hoy se dice aunque fuera aproximada, que permitiera visualizar con certeza la factibilidad real de hacer tal conducción, es decir, de construir un acueducto, un “caño de agua” como entonces se decía desde el único sitio donde era posible emplazar una tal captación (una presa): un punto en el cause del río chiquito, dentro de la barranca Del Rincón, a unos cuantos cientos de metros antes de su salida al valle. Sin este requisito fundamental, la ciudad no hubiera podido asentarse donde lo fue, en la singular loma larga y allanada del rumbo oriente del Valle de Guayangareo.