Entre petates, vasijas y monjas coronadas en San Juan

Ahora entiendo porque dicen que uno se petatea. Lo descubrí en el Museo de la Muerte en San Juan del Río. Ese fue sólo el primer misterio que develamos en este recinto.

El término petatearse se debe al dios otomí de la muerte Otonteutli representado como un “bulto mortuorio” en el que se depositaba el cuerpo en posición fetal dentro de un petate que se cubría con hojas de maguey durante la gran fiesta de los muertos (Coco uitzi).

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Fotografías: Paulo Vidales

La entrada es impresionante sobretodo por la vista panorámica de San Juan del Río, gracias a que el Museo de Sitio se encuentra sobre un peñasco orientado al poniente, donde es el ocaso del día y metafóricamente de la vida.

Tras la ventanita y exhibición

Nos sorprendió toparnos con una ventana de cristal que permite ver tres cráneos y algunos huesos. La exposición hace un recorrido por los ritos funerarios desde la época prehispánica hasta el siglo XX. También me impactó ver un cuerpo dentro de una vasija de barro. Éste entierro, utilizado en Mesoamérica, fue muy común en San Juan del Río y buscaba que los seres humanos regresaran a la matriz de la madre tierra.

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Los rituales, retratos y la llegada al cielo

De la época colonial me impresionó el ritual de las Monjas Coronadas que por cierto sigue vigente entre las Monjas de la Tercera Orden Franciscana de San Juan del Río. Resulta que estas religiosas recibían una corona y palmas llenas de flores el día que profesaban y cuando morían. Lo aterrador es que comenzaban a vestirlas ¡durante su agonía! Después las retrataban y en una esquina de la pintura incluían sus datos biográficos. También de la época virreinal se muestran los entierros bajo el altar de las iglesias. Sólo accedían a ellos las clases altas que podían pagar un espacio cerca a las reliquias de los santos, así tenían más “oportunidad” de llegar al cielo. Del siglo XIX no podían faltar los retratos de muerte, esas fotos que les tomaban a los niños justo después de morir.

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Caminata entre muertos

En el patio se encuentran las tumbas, la más vieja es la de Doña Victoriana Cervantes, data de 1857, justo cuando se concluyó la construcción del panteón a las afueras de San Juan del Río para evitar epidemias como el cólera. Hay una química extraña al caminar entre muerto. Ese camino lleva a la capilla de El Calvario donde se hacía la última misa de cuerpo presente. En el nombre lleva la penitencia esos últimos ritos siempre son una agonía para los deudos. Pero la capilla está llena de color, decorada con papel picado y representaciones de la Catrina de Posadas.

El último espacio es La Galería, que cierra la visita con objetos fascinantes como el árbol de la vida hecho de calaveras, el peto de ánimas -escultura que recababa limosnas para las ánimas del purgatorio- o los exvotos. Al salir mi percepción de la muerte había sido trastocada, quizá coincidía con una de las reflexiones del museo: “el hombre reviste a la muerte de un terror que sólo existe en su conciencia criminal.”